Dejé lo que estaba haciendo, me lavé las manos en el fregadero, me sequé en el delantal y me lo quité. Subí las escaleras detrás de él, pero con más suavidad. La puerta de su cuarto estaba cerrada así que di dos golpecitos con los nudillos.
- ¿Nico? -pregunté.
- ¡Vete! -contestó mi pequeño. La voz se escuchó ahogada, tenía la cara contra la almohada.
Haciendo caso omiso de su orden, entré.
Estaba tirado en la cama, con los zapatos y la ropa aún puesta. Y lloraba...
- Nico, ¿qué ha ocurrido? -los chorretones negros recorrían su cara limpiando por carriles la suciedad de sus mejillas.
- Me ha ganado -contestó mirándome a los ojos, destrozado-. Llevaba tantos meses preparándome para esta carrera...-Era verdad. Había pasado el último año entrenando cinco días a la semana, tanto física como mentalmente. A pesar de tener sólo 12 años, todas sus ilusiones estaban puestas en este día.-Todo iba bien, he salido rapidísimo, el que más. Iba avanzando y con cada paso que daba más ágil me creía. Pensaba que lo tenía todo bajo control y entonces él me adelantó. Tenías que haberle visto mamá, como corría... Era una gacela, ¡no! Era un halcón, sí, un pájaro. Volaba, mamá. ¡Volaba! Nunca antes he visto nada más rápido. Era imposible alcanzarle.
- Bueno cariño, seguramente habrá entrenado mucho más que los demás...- me interrumpió.
- Espera, eso no es lo único. Lo más extraño es que llegó a la meta, donde se supone que todos debemos pararnos, ¡y siguió corriendo! Corrió por la pista, por el campo, corrió por todos los rincones, mamá. Y no se paró, o al menos, yo no lo he visto. Es más, no sé cómo lo hacía pero nunca pasaba dos veces por el mismo lugar. Intenté alcanzarlo en alguna ocasión y cuando pasaba por su lado era como si todo se detuviese y parecía que íbamos a la par, a la misma velocidad. Pero entonces, en lo que dura un pestañeo, se adelantaba de nuevo.
Se quedó un rato abstraído, con la mirada perdida como si estuviera visualizando aquellos momentos que narraba.
- Hablas de él con admiración, ¿por qué estás tan enfadado? Volverás a intentarlo el año que viene. -Intenté animarle.
- No es perder la carrera lo que me ha molestado, bueno sí, pero no lo que más -le miré extrañada y debió darse cuenta porque continuó con su explicación-. Ese chico... parecía que se reía de nosotros. No con los labios, pero sí con su forma de correr. Era como si quisiese a propósito que pensaras que le podías ganar para luego acelerar y demostrarte que es imposible. Que él es superior a ti. Que no le importas y que no se va a detener por mucho que se lo pidas. Que es más rápido que nadie en el mundo.
En ese momento mi preocupación pasó a ser más bien algo cómico. "Con todos ustedes... ¡El niño más rápido del mundo!"
- ¿Tiene nombre ese ser inalcanzable? -pregunté, divertida.
- Sí, todos le llaman Timmy, pero su verdadero nombre es igual de extraño que él -contestó algo sombrío.
- ¿Y bien?-Nunca había visto esa expresión en la cara de mi hijo.
- Tiempo.
Silencio.