lunes, 23 de enero de 2012

Pulvis et umbra sumus

¡Pum! El ruido de la puerta cerrándose de golpe me sorprendió en la cocina mientras preparaba la cena. ¡Plof! Clack, clack, clack, clack... Mi hijo acababa de llegar a casa, tirando la mochila en un rincón y subiendo las escaleras a toda prisa hacia su habitación. Estaba claro, no había ido bien.
Dejé lo que estaba haciendo, me lavé las manos en el fregadero, me sequé en el delantal y me lo quité. Subí las escaleras detrás de él, pero con más suavidad. La puerta de su cuarto estaba cerrada así que di dos golpecitos con los nudillos.
- ¿Nico? -pregunté.
- ¡Vete! -contestó mi pequeño. La voz se escuchó ahogada, tenía la cara contra la almohada.
Haciendo caso omiso de su orden, entré.
Estaba tirado en la cama, con los zapatos y la ropa aún puesta. Y lloraba...
- Nico, ¿qué ha ocurrido? -los chorretones negros recorrían su cara limpiando por carriles la suciedad de sus mejillas.
- Me ha ganado -contestó mirándome a los ojos, destrozado-. Llevaba tantos meses preparándome para esta carrera...-Era verdad. Había pasado el último año entrenando cinco días a la semana, tanto física como mentalmente. A pesar de tener sólo 12 años, todas sus ilusiones estaban puestas en este día.-Todo iba bien, he salido rapidísimo, el que más. Iba avanzando y con cada paso que daba más ágil me creía. Pensaba que lo tenía todo bajo control y entonces él me adelantó. Tenías que haberle visto mamá, como corría... Era una gacela, ¡no! Era un halcón, sí, un pájaro. Volaba, mamá. ¡Volaba! Nunca antes he visto nada más rápido. Era imposible alcanzarle.
- Bueno cariño, seguramente habrá entrenado mucho más que los demás...- me interrumpió.
- Espera, eso no es lo único. Lo más extraño es que llegó a la meta, donde se supone que todos debemos pararnos, ¡y siguió corriendo! Corrió por la pista, por el campo, corrió por todos los rincones, mamá. Y no se paró, o al menos, yo no lo he visto. Es más, no sé cómo lo hacía pero nunca pasaba dos veces por el mismo lugar. Intenté alcanzarlo en alguna ocasión y cuando pasaba por su lado era como si todo se detuviese y parecía que íbamos a la par, a la misma velocidad. Pero entonces, en lo que dura un pestañeo, se adelantaba de nuevo.
Se quedó un rato abstraído, con la mirada perdida como si estuviera visualizando aquellos momentos que narraba.
- Hablas de él con admiración, ¿por qué estás tan enfadado? Volverás a intentarlo el año que viene. -Intenté animarle.
- No es perder la carrera lo que me ha molestado, bueno sí, pero no lo que más -le miré extrañada y debió darse cuenta porque continuó con su explicación-. Ese chico... parecía que se reía de nosotros. No con los labios, pero sí con su forma de correr. Era como si quisiese a propósito que pensaras que le podías ganar para luego acelerar y demostrarte que es imposible. Que él es superior a ti. Que no le importas y que no se va a detener por mucho que se lo pidas. Que es más rápido que nadie en el mundo.
En ese momento mi preocupación pasó a ser más bien algo cómico. "Con todos ustedes... ¡El niño más rápido del mundo!"
- ¿Tiene nombre ese ser inalcanzable? -pregunté, divertida.
- Sí, todos le llaman Timmy, pero su verdadero nombre es igual de extraño que él -contestó algo sombrío.
- ¿Y bien?-Nunca había visto esa expresión en la cara de mi hijo.
- Tiempo.



Silencio.

martes, 17 de enero de 2012

Signo de interrogación

Conversaciones extrañas... Extrañas porque no obtienes nada... Nada salvo un final... Final que nunca sabes si ha sido bueno o malo... Malo, que te deja con mal sabor de boca aunque no sabes por qué... ¿Por qué? Yo también me lo pregunto... Me pregunto si merece la pena seguir con este juego... Juego que, por cierto, siempre pierdo... Pierdo porque me desarmas... Me desarmas a sabiendas de que no podría hacerte daño aunque quisiera... Aunque quisiera, pero no quiero... No quiero porque te respeto... Respeto que, coincidirás conmigo, no te mereces... Mereces desprecios... Desprecios y cariño, una de cal y otra de arena, como haces tú... Tú, atractivo y destructivo... Destructivo como esas conversaciones extrañas.

¡Bárbaros!

- Y ¿todos los Adem piensan así? -pregunté, contento de tener por fin la oportunidad de plantear esa pregunta-. ¿Que el sexo no es algo especialmente íntimo?
- Claro que es íntimo -dijo Vashet-. Cualquier cosa que una a dos personas es íntima. Una conversación, un beso, un susurro. Hasta pelear es íntimo. Pero nosotros no somos extraños respecto al sexo. No nos avergonzamos de él. No creemos que sea importante quedarnos el sexo de otra persona para nosotros solos, como un avaro que acumula oro. -Sacudió la cabeza-. Esa idea tan extraña es la que más os diferencia a los bárbaros.
- Pero ¿y el amor? -pregunté, un poco indignado-. ¿Qué pasa con el amor?
Vashet soltó una larga y fuerte carcajada de regocijo. Debió de oírla medio Haert, y resonó por los montes.
- ¡Bárbaros! -dijo enjugándose las lágrimas -. Se me había olvidado lo atrasados que sois. Mi rey poeta también era así. Tardó muchísimo en comprender la verdad: que existe una gran diferencia entre el pene y el corazón.

lunes, 16 de enero de 2012

Despegue

Ya lo dijo Forrest Gump: "la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar". Pero una vez que llega, llegó. Y hay que afrontarlo. De nada sirve enfurruñarse y lamentarse porque mientras tú estás ahí sentado, enfadado con el mundo, él sigue avanzando. La tierra sigue girando. Los demás siguen viviendo. Y nada ni nadie va a detenerse por ti, asúmelo. Así que tienes dos opciones: quedarte ahí quieto y perder un tiempo precioso siendo un mero espectador o levantarte, coger el toro por los cuernos y ser el protagonista de tu vida y, quién sabe, de alguna otra vida más. Porque al fin y al cabo no somos nada... pero lo somos todo. Y el tiempo es breve y la vida fugaz. Acuérdate de vivir.